Tras el fin de la guerra, en Colombia queda todo por hacer
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Tras el fin de la guerra, en Colombia queda todo por hacer

Hubo que esperar 75 comunicados desde La Habana, pero eso no fue nada para un país que lleva esperando medio siglo a que sus habitantes nos demos cuenta que un país no se cambia a sangre y fuego: Colombia ha silenciado las armas de los dos más grandes contendientes de su historia reciente: la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el Estado colombiano.

Aunque al acuerdo final de paz entre ambas partes le faltan algunos detalles, el paso formalizado este 23 de junio de 2016 no es menor. El desescalamiento del conflicto ha alcanzado niveles históricamente bajos en la actualidad, según datos del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC). El último informe de esa organización, correspondiente al mes de mayo, señala que pese a que tres acciones aparentemente aisladas rompieron con una racha de 145 días sin acciones ofensivas por parte de la guerrilla, el lapso de los últimos 10 meses “continúa siendo el de menor intensidad del conflicto en sus 51 años de historia, en número de víctimas, combatientes muertos y heridos, y acciones violentas”.

Esto demuestra que efectivamente hay un avance claro del proceso, lo cual no puede ocultar que quedan muchos otros problemas igualmente graves por combatir. La paz se ha convertido para Colombia en una meta demasiado añorada para pensar que se consigue solo con la firma de un documento. Durante décadas se ha usado como pretexto para evitar comprometerse y continuar dándole largas a una guerra que ni en sus momentos más auspiciosos estuvo tan cerca de acabar con el enemigo.

Pero, ¿quién es el enemigo? El conflicto en Colombia ha sido un fratricidio largo, prolongado y estéril. Muy poco fue lo bueno que consiguió la toma de armas de un grupo de campesinos desde los años 60. Con el pecho inflamado de ideas que se tomaban el continente y que aun tratan de retar al sistema, los guerrilleros lucharon desde las selvas colombianas pensando que liberarían al pueblo tal como Simón Bolívar lo había hecho tiempo atrás.

Pero en el camino han sembrado muerte, odio y violencia, le vendieron el alma al peor postor y pervirtieron su causa, la enterraron y se encerraron en su miseria. Aun así, inspiraron a otros a imitarlos, y esos otros hicieron lo mismo, y el círculo vicioso ha venido carcomiendo a todo un país por varias décadas, corrompiendo corazones generación tras generación.

Lo sembrado ha dado frutos con a la complicidad de un Estado que se ha equivocado en la forma de enfrentar a la hidra en la que se convirtió el enemigo, sin ver que a su alrededor proliferaban otros problemas. Sus efectos siguen golpeando al país a diario: la droga, la violencia, el odio, la discriminación, la desigualdad y sobre todo la corrupción.

Quizá sea ese el paso más difícil que queda dar. Acabar con la corrupción: el problema que ha trastornado los valores de la sociedad colombiana desde los que nacen desposeídos y desamparados hasta los que desde su buena cuna desangran al país en beneficio propio.

La estrategia fue siempre decapitar cada cabeza que le surgía a esa criatura mitológica en que se convirtió no solo la guerrilla de las FARC, sino el país mismo. El proceso de paz que está por acabar ya le quitó los dientes a ese monstruo que largamente combatió. Ahora, las FARC están por extinguirse como guerrilla, tal como lo ha dicho el propio presidente Juan Manuel Santos, pero queda el ELN, las bandas criminales y el narcotráfico a sus espaldas.

Queda todo por hacer, pero quizá al firmar el gran acuerdo se comience a trabajar de forma más integral para ello. Lo que queda de este momento histórico para aplicar en el futuro es que un país ya no se cambia tomando las armas.

Miguel Andrés Galvis
Editor Latin Correspondent