Francisco: el terapeuta que Colombia necesitaba
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Francisco: el terapeuta que Colombia necesitaba

Lo vivido en Colombia durante cuatro días de visita apostólica del papa Francisco solo se puede comparar con una terapia a muchos niveles. El país no es el mismo que cuando él llegó, pero la tarea de los colombianos es luchar por no volver a ser los que eran antes de su visita.

Colombia viene de meses turbulentos en medio de discusiones y enfrentamientos que han debilitado la sensación esperanzadora de paz que vivió con la firma del acuerdo final con la guerrilla de las FARC, hace tan solo algunos meses. Y es que después de concretado, el progreso se ha visto opacado por momentos por el lastre de tantos años de guerra fratricida que, ya ausente, revela heridas de otros problemas que ha venido incubando sin darse cuenta. La corrupción, el principal de ellos. Los colombianos somos víctimas de los traumas del pasado, traumas que todavía nos atormentan, pero con los que luchamos por evitar que nos definan. En medio de esa incertidumbre llegó Francisco.

Desde que pisó tierras colombianas, ríos de gente esperanzada vieron en él una luz que guiara de forma unánime a un país que ha dado pasos para reducir la violencia, pero que no ha sabido desprenderse de los horrores de ese pasado y salir a hacerse un nuevo camino. Colombia necesitaba de un faro y una presencia paternal que supiera entender un espectro tan diverso de sufrimientos y a la vez tener suficiente jerarquía y credibilidad para decirles al corazón lo que al oído tanto han confundido.

En sus palabras, Francisco siempre se sentó al lado de todos y cada uno de los colombianos; quisieran escucharlo o no. Con su estilo cercano supo acercarlos, darles la mano y hacer que se la dieran entre sí victimarios y víctimas, campesinos indígenas, minorías, todas las razas y todos los colombianos en general.

Fiel a su estilo, pidió siempre oraciones por él, pidió perdón como un feligrés más, reprendió la actitud pasiva de sus subordinados tanto como la insolencia de los políticos haciendo hincapié en un verdadero compromiso y necesidad de perdón.

Loó las vulnerabilidades y se mostró vulnerable, al punto de sangrar por un pómulo en un accidente en su último día. Pero nunca sin su sonrisa y sus gestos amables, sobre todo con los niños y jóvenes, en cuya presencia siempre cambiaba de semblante y se volvía el abuelo bonachón que tantas sonrisas despertó a su paso.

La presencia del sumo pontífice no solo fue el tema entre la comunidad religiosa y todos los medios de comunicación, cuya cobertura seguramente jugará un papel crucial en la penetración de su mensaje. Francisco estaba en todas las conversaciones rutinarias, en la política, en las redes sociales y cualquier esquina.

Los grandes debates sobre la corrupción cesaron repentinamente, las provocaciones de guerra de otras latitudes no se escucharon tan fuerte y hasta los desastres naturales de los huracanes Harvey, Irma, Katia y José, además del sismo de México, fueron lamentados con un sentimiento más parecido a la esperanza que a la desolación.

Parecía que la llegada del máximo jerarca de la iglesia católica hubiera espantado el halo de violencia que, pese a los vientos de paz, todavía ensombrece la vida de los colombianos. En Bogotá, la capital, cesaron por completo los homicidios durante los días de la visita, mientras que el vicepresidente Óscar Naranjo habló de una drástica reducción del 60 por ciento en el resto del país.

La misma gente se sentía y se veía diferente; iluminada no solo por la presencia del papa sino en gran parte embebida con su espíritu de reconciliación. Esa, la reconciliación, sería la palabra clave y la siguiente tarea para Colombia.

El espaldarazo definitivo a la paz

 

Aunque los críticos del proceso de paz no dejaban de hacer comentarios apoyados en sus críticas a la implementación de los acuerdos, su selección segmentada de lo que el papa expresaba no ocultó que el obispo de Roma volcó todos sus esfuerzos en legitimar lo acordado.

Francisco no dejó asomo de duda de que su pontificado le da el visto bueno a la paz, aunque busca que el proceso trascienda hasta un punto al que no ha podido avanzar. Tuvo que ser el papa el que diera “el primer paso”, como rezaba el lema de la visita: empujar a Colombia a dejar de elucubrar sobre si debía o no haber hecho la paz con la guerrilla más antigua del mundo, para pasar a preguntarse cómo construir un país mejor a partir de haber silenciado los fusiles.

Es allí donde abogó por bregar como país unido por una reconciliación que derive definitivamente en una paz real. El papa fue enfático en amonestar los intentos de sabotaje que de muchos sectores se producen hacia los avances reales y las bondades del acuerdo político.

El papa argentino, como buen latinoamericano, supo leer a los colombianos y les habló en su lenguaje, como su amigo de siempre. El diagnóstico lo había hecho desde antes de ir, pues solo tuvo que llegar y hacer una terapia de catarsis como no se había vivido en mucho tiempo por esas latitudes. No calló nada, nunca abandonó su dedicación a los millones que salieron a las calles a saludarlo y se fue con el semblante tan entero como el día en que llegó.

Con una campaña presidencial en perspectiva, Colombia no puede seguir discutiendo si quiere la paz, sino más bien comenzar a buscar cómo construirla. La guerra no puede ser más un caballito de batalla electoral. Colombia no puede volver a ser la que era antes de que la visitara Francisco.